¿Qué más doloroso y desesperante que encontrarse frente a palabras encerradas sin salida, totalmente intimidadas por el miedo? Hubiera sido más factible enfrentarse a ellas, arrojarse al vacío sin temer los golpes que quedarse con el mal sabor de boca que generan las cuentas pendientes y las cosas sin decir; más muchas veces la razón se encarga de jugar a esconderlas y el corazón decide encontrarlas tarde.
La palabra es única, no se le debe temer, pero sí tenerle respeto.
Mucho respeto.